Jardines verticales: el verde toma el vuelo

Las paredes vivas se multiplican en las principales ciudades del mundo, aportando arte y una bocanada de aire fresco a la arquitectura.

Más de una vez los jardines verticales sorprenden al transeúnte desprevenido, que un buen día levanta la vista de las baldosas y el asfalto, se encuentra con una postal poco común: el lateral de un edificio, que se suponía sólido y monocromático, de golpe ha tomado un aspecto mullido y fresco, muy fresco. Lo rodea un edredón de plantas que se sostienen vaya uno a saber de dónde, y que sin lugar a dudas le cambian la cara a la fachada.

Más oxígeno. El Athenaeum Hotel, en Londres, es uno de los tantos edificios favorecidos por el ingenio de Patrick Blanc, creador de las fachadas verdes que se ven en estas páginas.

Pero, ¿qué son estos jardines? Paredes de cultivo que aprovechan al máximo el espacio, aportándole una gran cuota de verde a nuestras grises ciudades. En muchos casos son jardines hidropónicos, ya que las plantas reciben los nutrientes a través de sales agregadas al agua de riego. A veces se incorporan bacterias que ayudan a las plantas a metabolizar impurezas o periódicas dosis de químicos para controlar plagas y hongos. Se sostienen por medio de estructuras metálicas o de madera y paredes de fibra de vidrio que en el medio contienen algún tipo de sustrato (como fibra de coco o lana de roca) para que las plantas tengan dónde enraizar. Los muros se ubican estratégicamente a unos centímetros de las paredes, así éstas no se humedecen y las especies puedan respirar. Algunas estructuras, incluso, incorporan sistemas de circulación de aire.

Todo tipo de plantas puede vivir alegremente de esta forma, convirtiendo al concreto en estructuras vivas, que mutan mes a mes. Las especies deben elegirse según el clima del lugar.

En túneles, también. Pont Max Juvenal, en Aix-en- Provence, Francia.

Para encontrar ejemplos “naturales” sólo hay que pensar en algún acantilado o barranco lleno de plantas. El hombre, como siempre, no hace más que reproducir lo que la madre naturaleza sabiamente enseña, ayudado por la gran variedad de tecnologías y materiales que existen. Muchos de estos trabajos pueden considerarse verdaderas obras de arte eco. Además, tienen múltiples beneficios: permiten aprovechar el espacio y aportarle una buena cuota de verde a los edificios (refrescando consiguientemente las paredes y el interior), además de que economizan el agua: ésta, al circular por dentro de las paredes, se evapora menos que cuando se riega horizontalmente.

La mente brillante que empezó a pensar en este tipo de jardines es Patrick Blanc, un excéntrico francés que creó el sistema para realizarlos y luego lo patentó con su nombre. Patrick (69) es doctor en botánica y con sus técnicas revolucionó una buena parte de la arquitectura y el paisajismo. Hay obras suyas por todo el mundo: Francia, India, Japón, Estados Unidos y Tailandia. En su país fue condecorado Caballero de la Orden de las Artes y recibió una medalla de oro de la Academia de Arquitectura. Su obra surgió de la observación de la flora del sotobosque tropical, y el primer lugar en donde aplicó toda su creatividad fue su propia casa.

Museo Quai Branly de París, del arq. Jean Nouvel.

Hoy por hoy existe una gran variedad de sistemas de jardinería vertical, dependiendo del lugar donde se los quiera instalar, del tipo de plantas que se prefieran, del espacio y, obviamente, del presupuesto disponible. “Los jardines verticales están creciendo muchísimo -cuenta Barak-; cada vez hay más gente haciéndolos. Tiene que ver con el crecimiento de la cultura ecológica: mucha gente piensa que es importante invertir en lo verde. Creo que es algo que va a seguir por mucho tiempo, al igual que los techos verdes, sobre todo porque los espacios son cada vez más chicos en las ciudades.”

Al instalar muros verticales, sean de interior o exterior, se debe tener siempre la mirada puesta en el largo plazo. Por su compleja ubicación y por la extensión del lugar donde son colocados, las plantas no deberían volver a ser intervenidas; razón de más para que sean longevas y toleren medianamente bien las condiciones adversas. Los muros deben ser “autónomos”. Esto no significa que no reciban cuidados periódicamente, aunque los mismos sean muchísimo más espaciados que los que recibiría una planta cultivada horizontalmente de acuerdo a un método tradicional.

¿Otras variantes? Los jardines verticales de trepadoras, que crecen a través de estructuras colocadas alrededor de los edificios. O los jardines verticales con sistemas de plug in, que no son otra cosa que la ubicación de macetas sobre estructuras elevadas. Su mayor ventaja es que si una planta muere, se la reemplaza fácilmente. Pero, como llevan un sustrato convencional, por ejemplo compost, resultan muy pesados y peligrosos para ser instalados a grandes alturas.

Los jardines verticales vinieron para quedarse: en las principales capitales se promueve este tipo de arquitectura verde en edificios, puentes y autopistas. El resultado son ciudades más lindas, que no sólo transmiten una idea de sustentabilidad y cuidado del ambiente, sino que además son un descanso para la vista.

 

Vía lanacion.com.ar

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